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Primero hay que creérselo para después comunicarlo

En estos tiempos de elecciones e investiduras, no hay discurso que se precie en el que no esté muy presente la alusión al compromiso con la participación ciudadana, con la transparencia, con el buen gobierno y con las políticas, en fin, que deben ayudar a una mayor implicación de la ciudadanía en la gestión de lo público y en la toma de decisiones.

Este discurso, sin embargo, suele quedarse en demasiadas ocasiones en palabras huecas si la persona que lo pronuncia no está de verdad convencida de que lo que está diciendo es realmente lo mejor para la ciudadanía, si no convierte esa promesa en una realidad, incorporando esas políticas al gobierno de forma transversal y situándolas en un área central, no como departamento residual que pronto pasa al olvido, sin recursos ni personal que lo saquen adelante.

Solo de esta forma se estará consiguiendo transformar en algo tangible y real para la ciudadanía ese compromiso y se estará evitando, como tantas veces ocurre, que se siga hablando de estos temas como simples buenos deseos. O que, en el caso de que se lleven a efecto determinadas políticas de participación y transparencia, se hagan de forma poco convencida, lo que al final deriva en una falta de comunicación de lo que se está haciendo o su difusión de forma poco adecuada, sin darle la importancia que realmente tiene.

Esta situación, a la larga, acaba llevando a los gestores públicos a aparcar sus buenos propósitos de fomentar la participación ciudadana y la transparencia al considerar que no sacan rédito político de estas acciones, sin contar con lo que suponen para empoderar y dar un papel activo, que es de lo que se trata, a las personas para las que están trabajando, sus vecinas y vecinos.

Por tanto, la formación de los cargos públicos, de los y las profesionales que trabajan en las instituciones y de la ciudadanía en general deben ser un paso previo para que toda la sociedad se convenza de que este es el buen camino y para que luego se lleven a cabo procesos verdaderamente útiles y que generen bien común. En ese caso, la comunicación de los mismos es sencilla y efectiva, de eso no hay duda, y se dejará de vender humo.

E.C.

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